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11 de enero de 2008

Casa tomada


Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se porque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo mas estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble como se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
-¿Estás seguro?
Asentí.
-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
-No está aquí.
Y era una cosa mas de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerza, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba mas tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papa, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Julio Cortázar, Bestiario
Traducción en italiano: Bestiario, Casa presa (credo..)

Axolotl

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl. El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa. En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa mas) como el de hígado de bacalao. No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (solo yo puedo saber cuan angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte mas sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, solo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino, apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades peleas fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz, seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo. Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido que no me apoyaba en analogías fáciles. Solo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales. Parecía fácil casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles, de pronto las ramillas rosadas de las branquias de enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora? Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados. Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi me cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. El estaba fuera del acuario su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mi que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.El volvió muchas veces pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo ví, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía mas que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre el y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, solo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es solo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo, en los primeros días cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Julio Cortázar, Final de juego
Traducción en italiano: Fine del gioco, Axolotl

Actas de Tola


Acta primera
Muy bien. Ellos mismos se lo buscaron. En este país, señores, se acabó el tiempo de los revoltosos. Orden y disciplina son las únicas consignas permitidas. A esos gallitos aniñados, ¿cúantos son?, ¿doce?, a ésos voy a mandarles en un lugar desierto y aburrido que a unas pocas semanas van a implorar por que se les dé la oportunidad de regresar a la ciudad grande. Capitán Espinoza, búsqueme en el mapa el lugar más mierda e indíquemelo con el dedo.
El capitán hizo sonar los tacones, extendió una gran carta geográfica sobre la mesa de operaciones y, obedeciendo las órdenes del Investido, indicó un punto amarillo situado entre dos quebradizas líneas de color marrón.
Aquí mi general. Tola. Siguiendo desde Antofagasta la linea recta del Trópico del Capricornio, que es la distancia más corta entre dos puntos...
¿El Trópico del Capricornio?
No, mi general. La recta.
¡No se me vaya por las ramas, Espinoza! ¡Prosiga!
¡A susu órdenes, mi general! Como decía, siguiendo la recta del Trópico del Capricornio y saliendo desde Antofagasta se avanzan unos tresciento kilómetros en dirección este para llegar hasta la cordillera de sal...
¿Es transitable la línea ésa?..., ¿cómo se llama? ¿Capri cuánto?
Es una línea teórica, mi general.
¡No me venga usted también con huevadas teóricas, Espinoza! ¡Prosiga!
¡A sus ordenes , mi general¡ Una vez cruzada la Cordillera de sal, se llega al famoso Salar de Atacama. Un infierno seco, mi general. Allí los escupos se momifican antes de llegar all suelo.
Justo en medio del Salar de Atacama se encuentra Tola.
¡Me gusta, Espinoza! Me gusta. ¿ Tienen alguna chance de arrancarse de allí esos gallos?
Negativo, mi general. No hay caminos. Y si alguna vez los hubo han desaparecido tragados por el arenal. Es un pueblo muerto, abandonado hace más de cincuenta años al cerrar la última oficina salitrera que operaba en la zona. No tienen como salir de ese hoyo. El único lugar poblado, San Pedro de Atacama, queda a unos cincuenta kilómetros al norte y allí tenemos a dos compañías de zapadores controlando el área. Un poco más al norte está la Pampa del Tamarugal, tan árida e inhóspita como el salar mismo. Al Este tienen la Cordillera de los Andes en su parte más inaccesible, al Oeste la Cordillera de Sal que ya he nombrado, y al Sur el Salar de Punta Negra, es decir desierto y soledad por todos lados...
Muy bien pensado el sitio, Espinoza. Allá se me van de vacaciones estos gallos revoltosos. Así van a aprender de una vez por todas quién es el qué manda aquí. ¿Totalmente seguro de que no hay caminos de salida?
Positivo, mi general. Lo único que existe allá son las oxidadas líneas del ferrocarril inglés que antes comunicaba las salitreras. Si quieren salir de allí por via férrea, pueden esperar el tren hasta que revienten.
Me gusta, Espinoza. Me gusta. ¿Cómo dijo que se llamaba el pueblucho?
Tola, me general, se llama Tola.
Acta segunda
Al norte nos mandan, gancho. Se lo oí decir a un milicio cuando nos sacaron al cagadero. ¿Has estado alguna vez en el norte? Durazo el clima por esos pagos, gancho. Durante el día el caregallo pega tan fuerte que revienta la piel de la cara y todo los cristianos terminan con pinta de cirróticos. Por las noches lo envuelve a uno el frío que cala hasta los huesos, y al amanecer llega siempre la camanchaca, un rocío helado que soportan solamente los pampinos. Mire. Parece que ya nos vamos. ¿Se da cuenta que somos doce? Doce como los apóstoles. A propósito, no nos hemos presentado. Chóquela, Juan Riquelme para servírmelo en todo cuanto pueda. ¿Como?¿ Pedro Arancibia se llama? Gancho, los dos tenemos nombre de santo. ¿Y en qué se la machuca don Pedro? ¿Profesor? Mire qué interesante. ¿Yo? Yo soy tiznado. ¿Cómo? ¿No me entiende? Tiznado, gancho. Soy ferroviario. Tiznado. Así nos dicen desde los tiempos de las locomotoras a carbón. En mi familia somos casi todos tiznados. Mi viejo, por ejemplo, se las machucó toda su vida como guardavía en una estación sureña, y yo trabajo como maquinista en el Pancho. ¿No me entiende? El Pancho. El expreso Santiago-Valparaíso. Bueno, tal vez debo decir que trabajaba, porque cuando salgo de ésta no creo que me reincorporen al trabajo. Seguro que me anotaron en la lista negra pase a que hace más de veinte años que echo los bofes en Ferrocarriles. Pero ¡Arriba el ánimo, gancho! No hay mal que dure cien años ni perro que los resista! Nos vamos al norte don Peyuco, y esto tiene que tener también su lado bueno. Como dijo el oculista, las cosas de la vida dipenden del cristal con que se las mire. ¿Se da cuenta? Todavía no podemos decir que estamos fritos como dijo el pescado cuando lo tiraban a la sartén.
En el pampino nos vamos y prepárase, gancho, que el viaje va a ser largo.
Acta tercera
Este viaje es diferente y, absurdamente, de alguna manera quisiera rescatarlo. Si. Rescatarlo. Cambiar el sentido del tren en marcha, invertirlo todo. Los asientos duros del vagón de segunda, las miradas entre hostiles y aburridas de los soldados que nos custodían, las palabras-siglas FF.CC. Del Estado, el vaivén antaño dulcemente adormecedor y que ahora provoca insomnio. Si Neruda... y está muerto. Si Neruda estuviera aquí, en el asiento de enfrente, cara a cara a la vida, le preguntaría con honestidad de un niño: <>. Me respondería: <> Y así occurrirá seguramente con todos los trenes, menos que con éste.
Chakatakak. Chakatakak. Chakatakak. Se mueve. Avanza la serpiente de acero. Ya se divisa la sequedad de Til Til cuando en realidad deberían ser los melonares del Maipo los que acarician de verdor las ventanas.
Chakatakak. Chakatakak. Chakatakak. <> Somos doce que bien pudieran ser un equipo de fútbol ¿porqué no? El Unidos Venceremos FC del barrio Independencia que acude al campo de honor para medirse con los Buenos Muchachos FC de Paine. Siguiendo las viejas costumbres deportivas, perderemos. Siempre los visitantes han de dejar a los locales el placer de la victoria, marcando eso sí el tanto del honor poco antes de finalizar el encuentro. Entonces los dueños de casa serán generosos en su euforia, y el aroma de la vaquilla asada sobre leños de pneumo nos seguirá en el viaje de regreso en el último tren, en el tren de los borrachos, el tren local de condimentados pollos fiambre y de botellas de mosto que irán renovándose en todas las estaciones.
Chakatakak. Chakatakak. Chakatakak. Somos doce que más bien podrían ser una alegre comitiva de amigos que van a un casamiento. ¿Dónde? ¿Qién se casa? ¡En Rancagua! Desde luego. En la primera estación grande del sur se nos casamentean, ¿qué les parece?, el Ramón y la Olga. ¡Vino como para bañar caballos y arroz para arrojar a los novios! Llorarán las viejas repartiendo tragos a destajo, y el novio pensará en las piernas de su amada mientras saboreamos los muslitos de pava, magnamente eróticos nadando en la cazuela, pero... Chakatakak. Chakatakak. Chakatakak. No son los viñedos rancagüinos. No es el ramal cordillerano. No son los breves trenes que trepan hasta las minas de cobre y regresan trayendo en su vientre el destello eterno de las fundiciones los que se dibujan allá afuera. Cruzamos la tierra envejecida de La Ligua, epicentro de catástrofes, chivo expiatorio del odio que a veces con terremotos nos manifiesta la tierra.
Chakatakak. Chakatakak. Chakatakak. <> En la violenta luz de la tarde Illapel nos prepara los ojos para el enfrentamiento con el impostergable desierto que ha de comenzar en pocas horas. Chakatakak. Chakatakak. Chakatakak. ¿Por qué la historia de esos días no tiene la amorosa lógica del reloj de arena? Bastaría entonces con invertirla y nos encontraríamos a la entrada de Talca, entre alamedas silvestres y tórtolas que esperan cansinas la llegada del cazador. Somos doce ¿Por qué no? Como los Doce de la Fama, lejanos españoles que perdieron para siempre la puerta de salida. Somos doce que, ordenadamente, tomaríamos lugar frente a la máquina de cajón del fotógrafo en la plaza de armas cuadrada y castellana. Miraríamos el pajarito para ser luego doce negros con el pelo blanco, todos cabeza abajo esperando a que el mago de la imagen reapareciera desde la oscuridad de su mínimo templo enfranelado, y nos entregara la postal con la leyenda <> heráldica orgullosa de latifundistas arruinados, que siguen citandose a las cinco de la tarde, discretamente a tomar <> porque once son las letras del aguardiente que liban en vasitos altos como el meñique, en tanto el bar de la estación se llena de carcajadas y frases de asombro producidas por la impecable rima de los <>, vates del tren rápido a Puerto Montt que declaman los versos, los buenos versos, y ofrecen al viajero, entre avellanas y tortas, la flor recién impresa de <>, pero... chakatakak... chakatakak... Chakatakak. El tren no se detiene. No lo hará hasta que hayamos avistado Ovalle, y entre soledad y silencio, la tumba tranquila de la Mistral, nuestra Gabriela.
Chakatakak. Chakatakak. Chakatakak. ¿Ha subido alguien más? Este vagón ha sido enteramente reservado para nosotros, los doce apestados, los que contrajeron el cólera, la peste amarilla, roja o negra.Los doce que van camino de su cuarantena de silencio. En La Serena casi tocamos el mar, el Pacífico que enmohece la estatua de Francisco de Aguirre y nos golpea la cara indicándonos que de ahí en adelante todo será luz y mineral.
Chakatakak. Chakatakak. Chakatakak. <>. Chakatakak. Chakatakak. Chakatakak. Pasan nombres rodeados de viejas calaminas. Chakatakak... chakatakak... Vallamar... Chakatakak... Punta de Díaz... chakatakak... Chacarita... chakatakak... Castilla... chakatakak. Copiapó aparecerá como un fantasma en la grúa y el silbado del tren removerá los espectros de los buscadores de oro, de todas las fortunas arrebatadas por el barrote del rey de bastos... Chañaral... chakatakak. Entre las miradas alucinadas de llamas y vicuñas emprendemos el rumbo de la altura. Sierra. Todo es Sierra. Sierra de León. Sierra. Sierra del Carmen. Sierra. Sierra Septiembre. Sierra. Sierra Amarilla. Sierra. Sierra del Buitre. Sierra. Sierra sin nombre. No. Estos cuatro palos fueron bautizados. Tola.
Acta cuarta
Señores. Por disposición del supremo gobierno y en conformidad a la legislación en tiempo de guerra, ustedes permanecerán en este lugar hasta nueva orden. Recibirán abastecimiento una vez cada quince días. Muy cerca encontrarán un pozo con agua perfectamente potable. No deben sentirse abandonados. Una vez al mes recibirán la visita de un practicante del ejército por si se presentan problemas de salud, cosa que dudo, en tanto lo único que pueden hacer aquí es ejercicio. Como ha dicho nuestro capitán general, mente sana cuerpo sano. Señores les deseo una agradable estadía en este tranquilo rincón de la patria y les recomiendo pensar en los errores cometidos a fin de no repetirlos. Es todo, señores. Rompan filas.
Acta quinta
Moya. ¿Estai dormido, Moyita? Putas que hace frío, Moyita. No puedo dormir pensando en esos chicos que dejamos en Tola. Se pueden morir allí, Moyita. Yo sé lo que te digo. Yo soy pampino, Moyita. Los mamani somos de un poco más al norte. Yo sé lo que te digo. Putas que hace frío. Los miré muy bien durante todo el viaje y no me parecieron malos tipos. ¿Viste cómo nos convidaron de sus puchos? ¿Viste cómo nos ofrecieron sus viandas? Putas que es vaca mi teniente García. El también es vaqueano de la zona y sabe que de ese pozo no se puede tomar ni una gota sin terminar con cagalera. Es agua sulfatada, Moyita, hay que hervirla varias horas antes de poder tomarla. Putas que es vaca el conche su madre. Esos cristianos se van a morir allí, Moyita. Son paisanos, y los paisas no saben sobrevivir como nosotros. ¿Cómo decís? ¿Que quién los mandó a meterse en huevadas? Tenís razón, Moyita. Pero yo creo que hubiese bastado con meterlos a la capacha. ¿Pa' qué tirarlos a cagar tanto a los paisanos? Sí. Te dejo dormir. Ya no te doy más lata, pero es que putas que hace frío, Moyita. Y el frío me hace pensar en los paisanos.
Acta sexta
Buena la idea de hervire el agua, don Peyuco. No está mal el lugarcito, ¿no le parece? Todavía hay varias casas habitables, pero yo pienso que es mejor que sigamos todos juntos en la estación. ¿Sabe? Creo que los milicios quicieron reventarnos por dos lados: por el agua y por el frío. Pero les salió el tiro por la culata, porque leña tenemos para varios años y con su idea de hacer hervir el agua vamos a estar más sanos que un yogurt.
Pero yo quería hablarle de otra cosa, don Peyuco. Con lo que voy a decirle usted va a pensar que se me corrió una teja, pero tranquilo, gancho. Yo soy más serio que una foto y de locos todos tenemos un poco. ¿ No me entiende? Vamos al grano, dijo la gallina. Usted ha visto que desde que llegamos he estado recorriendo las líneas. Bueno. El asunto es que en las dos direcciones hay varios kilómetros en estado impecable, es cuestión de apartar la arena no más. ¿Sabe? He pensado y pensado y de pronto me he dicho: a lo mejor a los muchachos les gustaría darse un paseíto turístico... ¿Ve cómo piensa que estoy loco? Seguro que supone que mi idéa es formarlos en fila india entre los rieles y luego hacerlos correr gritando chucu chucu. No, don Peyuco, está más errado que un caballlo. Venga conmigo. Quiero mostrarle un tesoro.
Acta septima
Ignoro si te llegará esta carta que entregaré a los soldados cuando nos traigan las provisiones. No dejo de pensar en el viaje. Fue tan largo. Imaginate a doce hombres más los veintes soldados que nos custodiaban, viajando en el lento, lentísimo tren del norte, en el Pampino. Como ves ya he aprendido algo, por lo menos el nombre del tren. Yo no conocía del norte nada más que lo leído en las crónicas dolorosas del tiempo de Recabarren y Laferte o de la guerra del Pacífico. Es muy distinto a todo cuanto uno puede imaginarse leyendo bien abrigado en la casa o protegido del calor por los muros de la Biblioteca Nacional. Estoy bien. Estamos bien, muy bien, y de eso quiero hablarte. Entre nosotros hay un hombre muy especial, Juan Riquelme, un ferroviario, que desde el comienzo se evidenció como <> según sus propias palabras. Es el pícaro español en versión criolla. Pedro Urdemalas en el destierro. Nos vino narrando la historia de cada pequeño pueblo que cruzamos y nos explicó, con los aires de un Einstein disertando sobre la relatividad, el porque de la lentitud desesperante del tren nortino. Durante los primeros días nos preocupó mucho su comportamiento, para ser franco, pensamos que algo le fallaba en la cabeza. Se levantava muy temprano y, premunido de una especie de escobillón que él mismo fabricó, se marchaba barriendo la arena que cubría la línea derecha del antiguo tendido, del ferrocarril inglés que antaño servía en las salitreras. Lo veíamos avanzar lentamente hasta que su figura no era nada más que un incierto punto en el horizonte. Al atardecer reaparecía con la misma parsimoniosa lentitud, pero ahora limpiando la línea izquierda. Repitió esta tarea varios días sin decir una palabra y, al finalizar la segunda semana, nos convocó en un galopón alejado y, no vas a creerme, pero en ese lugar había, hay, dos locomotoras viejísimas, como esas que se ven en los filmes del Oeste norteamericano. Dos máquinas de carbón o leña. Dos máquinas de vapor, como pacientemente nos ha esplicado Juan Riquelme. Vas a pensar que he enloquecido, que todos hemos enloquecido, que el sol nos ha secado el coco aquí, en medio del desierto, pero el caso es que todos estamos metidos de cabeza en la tarea de echar a andar una de las máquinas. Además de Riquelme, el único de nosotros que entiende de mecánica, fierros y esas cosas, es Arancibia un profesor de escuela industrial que se ha hecho uña y mugre con Riquelme. Ambos nos aseguran que es posible mover uno de los mastodontes. No pienses que se trata de un posible plan de fuga. No. Ninguno de nosotros es tan idiota como para proponerse algo semejante. Se trata simplemente de ¿como decirlo?, un juego fascinante contra la adversidad y en el que lo único verdaderamente importante es ganar la posibilidad de seguir soñando...
Acta octava
... Eh..., maestro Riquelme..., acérquese un tanto ¡ahí no más! Péguese una meada también, pa' disimular, mire que el teniente tiene ojos hasta en la nuca. Le mandé la carta a la familia y ya contestaron. Mi teniente no quiso traerles la correspondencia porque dice que hay que mantenerlos incomunicados. De puro vaca lo hace. Yo leí la carta de su señora y dice que todos están bien y que a la menorcita le han salido tres dientes de leche. Hay también cartas para el profesor y para dos de sus colegas, pero no pude leerlas porque todavía soy medio analfabestia y me demoro mucho en la lectura. De nada. Oiga, maestro, en las ruinas de la capilla le dejé las limas y la sierra que me pidió. Es lo único que pude acarrear porque mi teniente andaba medio saltón. Gancho, no se vayan a meter en forros, mire que el huevón es capaz de fusilarlos. Yo le advierto no más, gancho. Es trago amargo el tenientito...
Acta novena
Con paciencia, muchachos. ¿Saben qué es lo que necesita un elefante para tirarse a una hormiguita? Paciencia. Esta máquina es algo más que un pedazo de fierro. Es sensible esta muchacha. A ver mijita, dígales su nombre a los muchachos. ¿Cómo? Dice que tiene escrito el nombre en la caldera. ¿Guatón, yusey? Dice que no habla castellano la cabrita. Socios, paren las orejas. Se llama Queen Victory y es un modelito que los ingleses le dedicaron a la reina Victoria cuando era princesa no más. De estas mismas locomotoras llevaron los gringos a la india. Colega Arancibia, ¿me rebajó el perno que me indiqué? A ver. ¡Flor de té! Como se ve que usted tiene dedos pa' piano, gancho. Usted tendría futuro en ferrocarriles. ¿Y ustedes? ¿Cómo va la cosa con la sierra? Pero muchachos, con paciencia. Para el comienzo necesitamos pedazos chicos de leña. ¿Cómo les explico? Miren, esta muchacha necesita que la traten como a una señorita de buena familia. Le gusta que la calienten de a poquito. ¿ah? ¿y de que se rien? Puchas que son maliciosos. Si les digo que a esta muchacha una vez que está caliente le gusta que le metan los palos grandes, seguro que van a pensar en cochinadas. Muchachos, adonde vamos a llegar con esos pensamientos. Lo que nos falta ahora es remover la salida de vapor. Si tuvieramos un tecle... ¿Qué miran? ¿No saben lo que es un tecle? En lenguaje técnico es como el chino para ustedes. Un tecle, socios, es una huarifaifa...no. Seguimos hablando en chino. Colega Aancibia, ¿Cual sería la descripción de un tecle para estos aprendices? Déjeme intentarlo. Un tecle, como su nombre indica es un conjunto de cadenas y poleas que permiten izar un objeto pesado. ¡Ah! Saqué aplauso. Así somos los tiznados. Pero hay que trabajar y vamos a tener que hacerlo a manopla. Usted, gancho, páseme ese palo. Vamos a usarlo como palanca. Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, dijo el griego y menos mal que no se lo dieron porque de otro modo flor de terremoto que se hubiera mandado.
Acta décima
<> Este tren, don Pablo, se ha detenido hace ya demasiado tiempo y, sin embargo la profecia del poema no deja de cumplirse. Aquí estamos los amigos, los Doce de la Fama, los Doce Apostoles que intentan la resurección de un enmohecido dragón británico. Como todos los hombres, queremos fabricar un pequeño, minúscolo pero elementar milagro, y ahí arriba, montado sobre la máquina que está Juan Riquelme, el tiznado, uno de esos tantos Juanes modestos, ilustremente desconocido, pero seguros de ser capaces de limpiar sus manos engrasadas con un trozo de estopa o de historia, encender un pitillo y, sin darle mayor importancia a todo lo realizado y decirle al milagro como Lázaro, ¡levántate y anda!
Tal vez, don Pablo, con erramientas viejas estemos describiendo un nuevo verso que saque <<>> por algunos segundos de su justo letargo.
Y tiene que resultar. Si logramos moverlo un solo centímetro será la victoria, el triunfo de la alegría sobre el escupo del odio. Y en este mar de arena, sol, viento y garúa, se preparan estos Doce Argonáutas porque usted lo dijo, don Pablo <<>>.

Luís Sepúlveda, Desencuentros
Traducción en italiano: Incontro d'amore in un paese in guerra